Mi Ánimo Elevado
Bron Roberts, Australia

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Fui invitada a hablar sobre los beneficios de la risa al departamento de Salud y Ciencias Aliadas a la Salud a la universidad local. Era una reunión-desayuno alrededor de las 7:30 am y había aproximadamente 200 estudiantes y miembros del personal. El teatro estaba en el piso del sótano, bajando dos escaleras. Llegué a primera hora, lista para mi presentación y comencé a bajar las escaleras, pero desafortunadamente el tacón de mi zapato se atoró en el primer escalón y tropecé. No pude sostenerme del barandal y me deslicé por las escaleras sobre mi lado derecho, deteniéndome hasta llegar al descanso a la mitad de la escalera.

Un estudiante me ayudó a levantarme y nos reímos mientras me sacudía y comenté sobre la distancia de la caída. Aun antes de poder recuperar mi equilibrio, otra estudiante corría para ayudarme solo para tropezarse en el último escalón. Cayó encima de mi y me abalanzó de espaldas sobre la escalera. Cielos, no pudo haber sido peor. No recuerdo la segunda caída. Solo recuerdo como sentí el frío concreto bajo mis brazos y el lado de mi cara tocnado el suelo.

Pude escuchar una voz gentil a la distancia que decía. “Retirense, déjenme revisarla primero”. Abrí mis ojos para ver un ‘rostro amable’ que me veía. Me pidió que tratara de mover mis brazos piernas. Traté de comprender sus palabras y quería hacerlo, pero es chistoso como reaccionó mi mente. ¡Sin el menor problema, mi primer instinto fue revisar si los botones de mi blusa estaban intactos! Olvídate de la lesión. Y gracias al cielo que vestía pantalones. Estaba tan aliviada que no me di cuenta que me había lastimado.

Repentinamente, después de la mirada inicial, me abrumó el shock de la caída y tive que tomar una decisión inmediata entre reír y llorar. Elegí reír. Sonreí y me levanté. ¡Traté de recoger los contenidos de mi portafolio tirados sobre los escalones que recién había descendido de manera poco elegante! El ‘rostro amable’ me dijo que me aquietara pues necesitaba una revisión adecuada, pero me levanté diciendo “Tengo una presentació en 5 minutos; debo irme”. Corrí al baño de mujeres para asegurarme de estar presentable antes de dirigirme al teatro.

Mi presentación transcurrió muy bien. Hablamos y reírmos y todos me acompañaron aplaudiendo y riendo. Los treinta minutos pasaron muy rápido y regresé a mi mesa para escuchar al siguiente conferencista. A mi lado se agachó un rostro familiar que dijo, “Esa fue realmente la presentación más asombrosa que jamás he visto”. Le di las gracias por su generosidad y bromeamos sobre su comentario. Sinceramente repitiónsu comentario y me explico que él era el ‘rostro’ en el descenco de las escaleras – profesor de la universidad y forense. Recontó mi historia de terror. Había sido testigo de mi caída y estaba estupefacto que no solo había sobrevivido sin romperme todos los huesos, sino que además tuve suficiente entereza y energía para conducor un taller coherente y animado de 30 minutos.

Me relato que observó consternado como caí de espaldas, precipitádome por las escaleras y por poco la base de mi cuello golpeó en la orilla. Como caí dando una voltereta, con el cuerpo torcido, rodando estrepitosamente por las escaleras antes de caer sobre mi espalda con mi cabeza golpeando en seco el piso de cemento. No podía creer mi suerte después de escuchar su detallado relato de mi accidente. Me preguntó si estaba muy lastimada. Me reí y le dije, “no lo he checado porque lo que no puedo ver no podría doler”, pero le prometí que iría al médico ‘por si acaso’

Después de pasar varias horas más en el taller, decidí irme a casa. No sentí el dolor hasta que estaba sola en el automóvil, que fue cuando ya me comenzó a doler. Me reí vigorosamente todo el camino de 20 minutos a casa.

Por lo general no se me hacen moretones. De hecho, de niña siempre me quejé de lo injusto que era que nunca me lastimaba lo suficiente para presumir un ‘trofeo’. ¡Esta vez era diferente! Mi cuerpo y los costados de mi pierna tenían ‘líneas oscuras’ donde me había golpeado con la orilla de la escalera. Me reí y le hablé a mi esposo para que ‘echara un ojo’ a mi preciada posesión. Horrorizado me llevó de inmediato al médico. Las radiografías no reflejaron daño físico aparte de los golpes severos y algo de daño muscular. Me contraje y comencé a cojear. Acepté la receta médica pero nunca me tomé el medicamento analgésico. La risa era el único analgésico que necesitaba. Tal vez no funcione para todos todo el tiempo, pero para mi fue un salvavidas. No sé por cuanto tiempo o que clase de recuperación huibera tenido si me hubiera entregado al dolor.

Disfruté mostrar mis moretones hasta que comenzaron a sanar y su color cambió a una desagradable combinación entre verde y amarillo. La historia quedó como ‘una caída de las escaleras’. No tengo recuerdo de la caída, pero la memoria de la ‘Risa’ como analgésico siempre estará comigo. Ayuda a reforzar el poder de la risa con una generación completa de profesionales de la salud y de ciencias aliadas a la salud del futuro. Nuevamente me invitaron a hablar ante los nuevos alumnos el siguiente año, pero esta vez me aseguré de usar zapatos más adecuados. Quería reiterar mi historia solo con palabras y no con acción…

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